Puerto seco

Lo que mal empezó, mal está terminando. Como lo escribí hace tiempo, el Puerto Seco, más allá de los dividendos que pueda otorgar a mi alma máter, está dañando sensiblemente el ser mismo de nuestra institución educativa (y no empresarial): la academia. Mejor la prudencia y el reconocimiento del error a la terquedad y la sordera. Nada cuesta echar hacia atrás y construir ahí, en los ahora terrenos limpios donde se edificaría el Puerto Seco, que antes cobijaba un ejército de bella flora, un gran laboratorio agropecuario del cual salga, ya, el antídoto contra el dragón amarillo y otras muchas más plagas similares, que nos evite tener que hacer viajes insufribles a países lejanos en busca de respuestas que deberíamos tener aquí mismo. Esto, por donde se le vea, sí es rentable y, además, prestigia a nuestra casa de estudios. Lo otro, que desde siempre ha levantado sospechas, ensombrece cualquier buena intención y, peor todavía, deja daños irreparables en la buena salud de nuestra institución. No pongamos, pues, contenedores donde podemos tener un árbol, frondoso y lleno de buenos frutos, alto y con pájaros cantando, como en la propia vida.

Ecos de la Costa

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