Reforma energética: se puso en la balanza y no pesó nada

La últimos cien años de historia de nuestro país nos indican, claramente, que todo ha ido de mal en peor.

La Revolución Mexicana no revolucionó nada. A más de un siglo de distancia nadie lo duda.

¿Avances? Pero sólo para un pequeño sector de la población: la oligarquía (de empresarios, políticos y ahora narcotraficantes) que gobierna nuestro país.

El número de pobres en México es mayor al número de ricos, por un porcentaje que mataría de indignación a cualquiera.

La desigualdad, tan grande como la ignorancia de nuestros gobernantes, incapaces de citar el título de ese libro que les cambió la vida.

Nadie cree en la clase política, y con razón: ha engañado una vez y otra más a la sociedad con promesas de progreso y prosperidad.

México nunca ha tenido una época de esplendor. ¿Por qué creer, entonces, en que con la reforma energética que se intenta implementar lo conseguiremos?

Aunque la mayor parte de la población no podrá acceder  –y esto es lo más lamentable- a la letra chica de esta reforma, tienen la convicción de que se trata de otro embuste más.

La iniciativa que presenta el gobierno federal propone básicamente modernizar este sector a través de la inversión privada pero, así lo indica, sin vender México: el petróleo seguirá perteneciendo a los mexicanos. La forma en que contesta a sus opositores es con un es falso contundente.

Para desmitificar los mitos en torno a esta reforma, el argumento ofrecido por el gobierno federal, y es ahí donde falla, es que México no cuenta con la tecnología para explotar debidamente sus yacimientos, de forma que ocupa a la iniciativa privada (principalmente de EU:  Ensco, Noble Corp y Weatherford) para hacerlo.

Pero el petróleo, lo vuelve a subrayar, es falso que vaya a dejar de ser nuestro. La iniciativa, al menos la que se lee en la website del gobierno de la República, está llena de alusiones a la participación de la inversión privada y, en su intento por legitimarla, evidencia las carencias terribles de nuestro sector energético, que, dicho sea de paso, ya tuvo bastantes oportunidades de cambiarle el lánguido rostro a nuestro país.

No es extraño ver que en los países petroleros con sistemas políticos más transparentes los niveles de pobreza social son mucho menores (Canadá, Noruega, en algún momento Estados Unidos), lo que no pasa con aquellos países con sistemas políticos corruptos (México, Argentina, Nigeria, Algeria), en donde la pobreza se recrudece.

¿Por qué siendo México, entonces, un país con tanta riqueza petrolífera ha sido incapaz de crear la tecnología que requiere para conseguir su autosuficiencia en esta materia? ¿Por qué debería la sociedad mexicana creer que el PRI ahora sí podrá hacer lo que nunca hizo en los setenta años que estuvo en el poder, sobre todo ahora que hemos tenido indicios de que nada ha cambiado?

La liberación de Caro Quintero y de Raúl Salinas, y la condonación de los más de tres mil millones de pesos en impuestos a Televisa nos darían la respuesta.

La paradoja de esta reforma se la escuché a un vendedor de raspados de un pueblo de Nayarit, que me dijo: “pues dicen que el petróleo es nuestro, patrón, pero a mí no me han dado nunca ni un pinche litro”.

Aunque el compromiso con EU en materia energética es importante, y el interés del vecino del norte en que se realice esta reforma es evidente (léase la editorial del New York Times del 12 de agosto de 2013), el futuro del país lo es más.

No necesitamos reformar lo que no está formado. La palabra clave aquí es precisamente ésa: formar, capacitar, generar el conocimiento que nos permita crear esa tecnología que nos haga de verdad dueños de nuestros recursos naturales.

Lo otro es, simplemente, entregarle las llaves de nuestra casa al forastero y decirle que haga con ella lo que le venga en gana.

 

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