Sergio González Rodríguez y el horror mexicano

La noticia sobre la repentina muerte [ayer] del ensayista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez tomó por sorpresa a la comunidad intelectual mexicana.

Un infarto le arrebató la vida a uno de los escritores que con más acuciosidad desveló los horrores de nuestro México contemporáneo.

González Rodríguez, si bien también un novelista bien dotado, es principalmente reconocido por sus investigaciones (todas serias y hoy referentes internacionales) sobre la violencia en nuestro país, que van desde los feminicidios en Ciudad Juárez, cuyo pico más alto fue en la década final del siglo pasado, hasta los graves daños sufridos en nuestro tejido social a consecuencia de la guerra del narcotráfico, puesto éste en una dimensión internacional.

Huesos en el desierto (muertas de Juárez), El hombre sin cabeza (los decapitados del crimen organizado) y Campo de guerra  (el control de USA sobre México y otros países del mundo) conforman una trilogía inquietante (con un estilo que aglutina varios géneros) mediante la cual González Rodríguez nos deja una enseñanza: el compromiso que todo escritor debe asumir con su realidad y el esfuerzo que estamos obligados a llevar a cabo para analizarla, interpretarla y hacérsela entender a los otros.

 

En un país en donde crimen organizado y gobierno son más bien caras de una misma moneda, la violencia se ha constituido en una política prácticamente de Estado para sembrar el miedo a la sociedad (con crímenes cada vez más atroces), lo que ha ocasionado el acrecentamiento de esta impunidad y esta corrupción de la que hablo, pues al no haber un estado de leyes que nos gobiernen, la ley del más poderoso es la que se impone sobre cualquier otra.

En una entrevista, el propio González Rodríguez habla de cómo es necesario combatir por todas las vías este miedo que nos paraliza como sociedad: “El miedo llega a ser también un arma política, de modo que hay que contradecir todos estos usos. Hay que reconocer que el factor miedo es parte de la construcción de nuestro estatuto de civilidad, pero que tiene que ser, desde luego, sujeto a normas. Vivimos en un Estado que presume ser de derecho, y no hay tal. Tenemos que entender que entonces el miedo se está convirtiendo en una forma emergente de control político, y hay que combatirlo.”

González Rodríguez ha muerto y ha dejado, pues, un vacío importante que nuevas generaciones de investigadores, escritores e intelectuales deben llenar a través de esa lucha diaria por hacer de nuestro país un mejor lugar para vivir, menos indiferente al porvenir y más impermeable a la barbarie.

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