Snowden, el hombre que desafió a la CIA

Hace poco más de dos semanas, Edward Snowden, de 30 años recién cumplidos, experto en informática y ex empleado de la CIA, filtró a través de los medios The Guardian y The Washington Post, documentos considerados como de alto secreto pertenecientes a la Agencia Nacional de Seguridad.

En estos documentos, Snowden sacaba a la luz la política de espionaje del gobierno de Estados Unidos, como el PRISM, programa de vigilancia electrónica que tiende sus redes a todas las comunicaciones para poder vigilar a ciudadanos que estén no sólo dentro, sino, sobre todo, fuera de USA, sobre los cuales, gracias a PRISM, puede intervenir correos electrónicos, videos, chat de voz, fotos, direcciones IP, notificaciones de inicio de sesión, transferencia de archivos y detalles de perfiles en redes sociales.

Esta actividad la ha venido realizando el gobierno de Estados Unidos desde 2007, espiando a países de la Unión Europea (especialmente a Alemania), además de la ONU y 38 embajadas, entre las cuales se encuentra la de México.

Una cámara metida, pues, al interior de nuestra cabeza.

Snowden, convencido de no “querer vivir en una sociedad que hace este tipo de cosas” ni “en un mundo donde se registra todo lo que hago y digo”, lo que “no estoy dispuesto a apoyar o admitir,” recibió lo esperado: una ofensiva durísima de parte del gobierno estadounidense, que inmediatamente canceló su pasaporte y lo dejó varado en el aeropuerto de Moscú, desde donde se encuentra en este momento (más de una semana ya) pidiendo asilo a una docena de países, entre los cuales se encuentra Bolivia, Ecuador y más recientemente Venezuela.

El futuro del joven Snowden es, a este día, incierto. Es un hombre sin estado. Muchos de los países que han recibido su petición (como India o Alemania) la han declinado. Parece ser que nadie, ni siquiera Rusia, que ha condicionado su asilo a la promesa de no filtrar más documentos en contra de USA, le ha abierto una sola puerta.

Estado Unidos, por su parte, continúa exigiendo su regreso para enfrentar los cargos correspondientes (entre ellos, paradójicamente, los derivados del espionaje) y fustigando a aquellos países que pretendan darle asilo, como sucedió con Ecuador, al que amenazó con cancelarle jugosos tratados comerciales.

Pero Snowden no está tan solo como parece. En reciente carta dada a conocer hace unos días, su padre, Lonnie Snowden, apoya y reconoce la contribución que está haciendo su hijo con estas acciones encaminadas a iniciar en Estados Unidos un debate abierto sobre el espionaje del gobierno, comparándolo con el patriota de la guerra de independencia Paul Revere.

Escribe su padre: “Snowden es un moderno Paul Revere, convocando al pueblo estadounidense a enfrentar el creciente peligro de la tiranía del Gobierno”.
Pero: ¿ha cometido, entonces, una injusticia el valiente Snowden?
Su caso se ajusta a aquel clásico ejemplo del que presta un arma y luego la pide para matar a su rival. Si bien el poseedor está en la obligación de regresar algo que no es suyo, pues de otra forma estaría cometiendo un delito, cometería un mal mayor regresando el arma con la que se privará de la vida a otra persona. Snowden ha cometido un delito al desvelar un secreto de Estado que le había sido conferido, pero, por otro lado, al desvelarlo está previniendo de un mal mayor a millones de personas.

Si la finalidad de la ley, como lo escribió Tomás de Aquino, es la justicia y la felicidad común (“es necesario que la ley se dirija propiamente a la felicidad común”), nadie estaría contento con saber que su vida privada y su espacio más íntimo está siendo vigilado e intervenido las veinticuatro horas del día, con propósitos nada confortantes.

Snowden es el contrapeso de una balanza que, en el otro extremo, sostiene lo siniestro.

Y, por ese solo motivo, merece un cuarto propio.

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