Sócrates y la Reforma Educativa en México

En el libro tercero de ‘La República’ de Platón, Sócrates expone a Adimante y a Glaucón lo que considera es la mejor educación, misma que debe empezar en la etapa más temprana de la vida. No hay nadie que no esté de acuerdo con ello. Sócrates parece dividir (aunque no desligar) en dos partes al ser humano. Por un lado el alma y por la otra el cuerpo. Dos partes a las que hay que educar. ¿Cómo hacerlo? Sócrates lo explica: en primer lugar hay que educar el alma y después el cuerpo. El alma se educa a través de la música y el cuerpo a través de la gimnástica. Y no a la inversa. Porque la verdadera fuerza, parece decirnos Sócrates,  viene de adentro hacia afuera y no de afuera hacia dentro. Y este cambio en el espíritu lo puede producir únicamente la música, según el filósofo griego. Por eso, inquiere:

 

¿no obedece a esa misma razón, mi querido Glaucón, el hecho de que sea la música parte principal de la educación, porque el número y la armonía, al insinuarse desde muy temprano en el alma, se apoderan de ella y hacen penetrar en su fondo, en pos de sí, a la gracia y a lo hermoso, cuando se da esa parte de la educación como debe darse, mientras que ocurre todo lo contrario cuando la descuidamos?

 

En la lógica de Sócrates, que es la lógica de la sabiduría, el cuerpo no puede preceder en importancia al alma, por lo tanto hay que educarla primero para que pueda potenciar las virtudes de su envoltorio. E insiste Sócrates:

 

A mi parecer, no es el cuerpo por bien constituido que esté, el que torna buena al alma con su virtud, sino es el alma, por el contrario, cuando es buena, la que da al cuerpo, mediante su propia virtud, toda la perfección de que aquel es capaz.

 

Dicho lo anterior, Sócrates pasa a decirnos que para alcanzar este fin se deben tener, asimismo, educadores con un alma virtuosa y un cuerpo fuerte, que den ejemplo a los párvulos que tienen bajo su cuidado, porque no podemos transformar a los otros si nosotros no nos hemos transformado previamente. Esta es la lógica de Sócrates y, parece ser, del sentido común.

 

Pero Sócrates va más allá y luego expone a Adimante y a Glaucón cómo una sociedad bien educada es comparada con un cuerpo y un alma sana, en armonía consigo misma y con su entorno, y cómo una sociedad de mala educación presenta desarmonía y vicio en todos sus componentes. Y Sócrates vuelve a la carga:

 

¿Hay señal más cierta de maña educación en un Estado que la necesidad de médicos y de jueces hábiles, no sólo para los artesanos y para el pueblo bajo, sino incluso para los mismos que se las dan de haber sido educados como hombres libres? ¿no es cosa vergonzosa, e insigne prueba de ignorancia, verse obligado a recurrir a una justicia de prestado, por no ser uno mismo justo, e instituir a los demás por señores y jueces de nuestro derecho?

 

Siguiendo la ruta de Sócrates, con esa lógica tan evidente de su sabiduría, también podríamos reflexionar sobre México y su reforma educativa, hoy en marcha. No es necesario glosar las enmiendas a los artículos 3 en sus fracciones III, VII y VIII, y 73 fracción XXV porque las contradicciones, desde la óptica socrática, son de origen, y no de forma. Es como si unas manchas de piel causadas por el estrés emocional las quisiéramos redimir con cremas humectantes y no, en cambio, con ejercicio, buena alimentación, relajamiento, y todo aquello que elimine que nos causa el estrés, porque acabando con la causa principal terminamos con sus efectos.

 

En México los que promueven la reforma son personas que no saben siquiera leer, por decir lo menos, como el mismo presidente de la República y muchos de los integrantes del Congreso de la Unión, que no ha mucho fueron exhibidos. Los educadores, por el contrario, como los de Oaxaca, Guerrero y Michoacán, son expertos pero en marchas de protesta, que normalmente terminan en violencia. Y, por si esto no fuera poco, las artes fueron prácticamente exterminadas de la educación básica y media superior mexicana, con lo cual la infancia mexicana está perdiendo la posibilidad, como lo quería Sócrates, de ser penetrada por la virtud.

 

Si estos principios no vuelven a ocupar el lugar que alguna vez tuvieron (o tal vez nunca) la reforma educativa propuesta por el gobierno federal será poco menos que, como siempre, un señuelo.

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