Tampico no es una ciudad muerta

Hace unos días, Joshua Partlow, corresponsal del Washington Post en México, escribió un artículo titulado “In Tampico, Mexico, where the drug war rages, ‘the walls have ears” (“En Tampico, México, donde la guerra del narco arde, ‘las paredes oyen’”). El que lea el artículo de Partlow, sobre todo si no es de Tampico, y peor aún si no es mexicano, terminará con esta certeza: Tampico es una ciudad muerta. En él, Partlow está convencido de que ha descendido a una tierra fantasma, donde la muerte es, prácticamente, un destino asegurado. Su crónica inicia con su llegada al aeropuerto, donde el calvo encargado de la renta de autos Avis se rehúsa a entregarles las llaves del coche que los llevará a la ciudad, pues pareciera que se negara a arrojarlos a un abismo. El calvo, extremadamente preocupado, les advierte (traducción mía): “No se detengan. No llenen el tanque de gasolina dentro de la ciudad. No compren nada en los Oxxo’s. Hay personas observando y sabrán que hay americanos en la ciudad”. Mejor que una novela de Raymond Chandler o una película de Quentin Tarantino. Gracias a crónicas como éstas, en donde los periodistas se prueban más bien como escritores de ficción, ciudades como Tampico (donde se disputan la plaza Los Zetas y el Cártel del Golfo) empiezan a convertirse, para menoscabo de los pobladores, en los arquetipos de la descomposición social mexicana. Afortunadamente, en la letra chica (que son los comentarios a las notas) es posible encontrar los matices de estas crónicas sicarias. La de Partlow tuvo dos comentarios fulminantes de dos lectores indignados. Uno de ellos (traducción mía) escribió: “sé veraz. Ve a México sin tu gringa actitud, camina las calles, habla con la gente. Luego, escribe un artículo respetuoso”. El segundo es más prolijo. Lo escribe una persona que ha vivido 40 años en Tampico. Le indica al periodista que, en efecto, está triste de que la ciudad esté atravesando por esos problemas, pero que Partlow la hace parecer como si fuera “una ciudad fantasma”, cuando no es así. Y, luego de una defensa valiente, concluye: “lo que te trato de decir es que nuestra ciudad no está muerta”, así que “te ruego que la describas apropiadamente”. Si el Washington Post fuera un pasquín o una editorial especializada en crónica negra, darían lo mismo crónicas como las de Partlow, pero no es así: este año le dieron el Premio Pulitzer por las revelaciones que hizo sobre los espionajes masivos de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidenses. ¿Haríamos mal, entonces, en pedirle que revelara con más fidelidad la realidad mexicana?

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