Tú y los otros

Cuando te mires en las mañanas en el espejo, mientras te rasuras la barba de tres días o te alacias el pelo, antes de ir al trabajo, no olvides escuchar esta voz que, lejana o familiar, te dice: bástate a ti mismo, todo el resto del día y todos los días. No te importe lo que los otros piensan de ti, ahora que salgas y sea inevitable encontrarlos en tu camino, porque una vez que lo han pensado ya no cambiarán su pensamiento, perderás tu tiempo y el de ellos intentándolo, morirás incluso en el intento, así los amenaces con una navaja de rasurar puesta en el cuello o un martillo. Tampoco podrás cambiar tú, no podrás dejar de ser el que eres, para bien o para mal, y mal harías en dejarlo de ser por los otros, no acabarías nunca de darles gusto y estarías siempre sujeto a la mudanza de sus caprichos, de igual modo morirías también en el intento, aunque te amenaces con una navaja de rasurar puesta en el cuello o un martillo. Cambia sólo para darte gusto a ti, sé otro siempre que sea para ser más tú, aunque tu cuerpo se convierta en el cementerio de todos los que fuiste y sólo lo visiten fantasmas. No olvides escuchar esta voz que, lejana o familiar, mientras te rasuras la barba de tres días o te alacias el pelo, te habla desde el espejo.

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