UdeC, inicio de clases

Luego de un par de semanas de merecidas vacaciones, aunque se sabe que algunos –entre los que me incluyo- nunca descansamos, nuestra casa de estudios inicia clases el próximo lunes 7 de agosto. Me ha tocado ver de cerca esta vez el proceso de ingreso debido a que mi hijo (¡quién lo creería!) empieza el bachillerato y, por extensión, entra por lo visto también estrepitosamente a la adolescencia. No sé si esto le suceda a todo mundo, supongo que sí, pero el tema de la vocación es algo que me agita la respiración, y más sabiendo que es curiosamente durante el bachillerato donde tiene ésta (la vocación) que definirse, aunque ya sabemos que hay vocaciones que se descubren en la edad adulta o incluso en la tercera edad. O nunca.
A mí, sin embargo, me parece crucial que uno encuentre su pasión a temprana edad, de ahí que sea el bachillerato la etapa que más me incordia a este respecto. Veo a mi hijo preparando sus cuadernos, limpiando su habitación, reorganizando su pequeño escritorio, alistando su ropa para el lunes, y no puedo dejar de pensar en la forma o formas en que podría ayudarle a definir aquello a lo que se va a dedicar por el resto de su vida, tal como yo decidí que quería ser (bien o mal, bueno o malo) escritor. Le he dicho (a mi hijo) que es ésta la etapa de dejar de escuchar los tantos ruidos de la calle para mejor prestar atención a los tantos sonidos que uno lleva dentro, entre los cuales seguro se encuentra esa voz que nos dictará qué áreas del saber nos gustan y para cuáles somos repulsivos, qué ámbitos de esas áreas del saber disfrutamos y cuáles más bien evitamos, etcétera.
No podemos elegir padres, hermanos, el cuerpo que habitamos, a veces ni siquiera podemos elegir nuestros sentimientos, pero sí podemos elegir una profesión, una mujer para casarnos, los propios amigos, elecciones de vida que me parecen fundamentales. Y no hablo de que los hijos hagan lo que uno hace, o piensen como uno piensa, o que decidan como uno decide, sino más bien de que hagan, piensen y decidan tal como ellos lo quieran hacer, pero que lo hagan. A estas alturas ninguna profesión es ya mejor que otra, ninguna ruta del conocimiento es más trascendente o útil que otra, nunca lo ha sido, en realidad la diferencia ha radicado en el empeño y la pasión y el rigor que uno imprima en eso que hace, pues así como hay buenos médicos los hay malos también, y lo mismo sucede con los carpinteros, los abogados, los diseñadores gráficos, los meseros.
Los padres que tienen hijos (como yo) que ingresarán al bachillerato tienen una gran responsabilidad: desazolvar el camino para que esa vocación que observen en ellos fructifique, crezca y se consolide. No es tarea fácil, es cierto, yo mismo siento de pronto que terminaré, derrotado, a la vera del camino, pero como a mí me incordia siempre el desafío, seguro que no fracasaré en el intento.

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