Una universidad con responsabilidad social

En Dunedin, la ciudad neozelandesa en la que vivo, se pueden encontrar en varios puntos de la ciudad unos grandes cajones que sirven para colectar víveres y ropa para determinadas asociaciones e instituciones de beneficencia. Que yo recuerde: hay uno para la Asociación de Niños con Cáncer, otro para el Asilo de Ancianos, otro para un instituto de personas con discapacidad, otro más para los niños con síndrome de down, etcétera. Cajones que permanecen ahí, día y noche, llueve o truene, y nadie va y los pintarrajea, patea o tira piedras. Al final de cada año, las asociaciones dan las gracias a la comunidad por el apoyo, publican los beneficios obtenidos y detallan en qué serán específicamente aplicados. Las cifras exactas no podría registrarlas aquí, pero la memoria que tengo del asombro que me ha causado verlas lo tengo intacto.

Cada cultura, y aquellos que han tenido la posibilidad de vivir en otra estarán de acuerdo, tiene un rostro genuino. En una primer vista es difícilmente distinguible (eso normalmente  le pasa a los turistas), pero luego de algunos años de vivir en ellas uno pueda reconocer sus facciones con claridad. Uno de los aspectos valorables de la cultura neozelandesa, en este sentido, es su sentido de responsabilidad social y su disponibilidad por participar en obras de forma voluntaria, aun cuando las condiciones no sean las más adecuadas y en realidad tú puedas esperar que esa persona necesite una retribución. No la piden. Lo hacen voluntariamente.

En México, tal vez porque tenemos muy arraigada la idea de que la mitad de la población se levanta con la intención de estafar a la otra y la otra mitad se levanta con la idea de no dejarse estafar, el trabajo voluntario (realmente voluntario) es precoz o nulo. Parece que nadie hace nada por nadie, ni por nada. Incluso ya ni por uno mismo. Creo, por eso, que si este impulso es auspiciado por una institución, los resultados entonces serán distintos. Ahora que Colima ha sido sacudido por las tormentas “Manuel” e “Ingrid”, y ahora también que el enfoque universitario ha salido a las calles para insertarse en las necesidades (más apremiantes, por qué no decirlo, también) de la sociedad, desarrollar un proyecto como el referido antes al interior de nuestra alma máter podría ser corresponsal de esta nueva filosofía universitaria, incluso si lo recaudado en alguno de los rubros se destina a apoyar a los estudiantes que menos tienen. Los cajones colectores se podrían colocar en los diferentes campus universitarios y cada año, también, podrían darse a conocer los beneficios obtenidos y en qué serán destinados. Si algunos piensan que esto es un proyecto pequeño, baste recordar que no hay proyecto grande que antes no hubiera sido pequeño y que, por tanto, menos se obtiene no haciéndolo.

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