Versiones de Barcelona

Llegada

Lo primero que me sorprendió al llegar al aeropuerto de Barcelona fue el orden que ocupaban los idiomas en los anuncios. En primer lugar catalán, segundo español y tercero inglés. Luego, al llegar a la Plaza Cataluña, que conecta con las famosas Ramblas, un letrero enorme en el edificio contiguo a El Corte Inglés se enarbolaba orondo: “queremos la independencia de Cataluña”. Por último, y ya sumergidos en el corazón de Barcelona, que para mí lo es el mercado La Boquería, en las propias Ramblas, toda la gente hablando en catalán salvo en los casos, como el mío, en que pedía a los despachantes algo en español.
¿La independencia de cataluña?, me pregunté. Si bien siempre he considerado a Barcelona un país independiente, una como fortaleza con vida y personalidad propia,  un universo autónomo -pero autónomo no jurídicamente, sino en su más amplio sentido de independencia-, no creí que esto podría ser realmente trasladado a la realidad. Ni que fuera, siquiera, la realidad. No quise buscar respuesta en las publicaciones periódicas (revistas, libros, etcétera) que encontraba en los estanquillos (al final de cuentas eso lo podría hacer a través del mismo internet), sino que me decidí por algo más (¿o menos?) vulgar. Mi blanco fueron dos taxistas, que, curiosamente, me llevaron y trajeron al mismo destino, sólo que en sentido contrario, como si sus respuestas no hicieran sino corroborar el antagonismo que divide a todos los catalanes.

Taxi 234: Plaza Cataluña-La Sagrada Familia

En la esquina contraria a La Boquería, en las Ramblas, y después de presenciar una discusión entre dos taxistas (dos taxistas paquistaníes o hindúes) derivada de haber recogido, por parte de uno de ellos, pasaje en zona prohibida, lo que perjudicaba al otro, que sí estaba autorizado para ello, mi mujer y yo abordamos el taxi 234. Como el silencio me parece, en ciertas ocasiones, una descortesía, busqué la mejor forma de iniciar una conversación sin caer en el clásico lugar común: “qué buen clima hace, ¿verdad?” A cambio de eso, pregunté: ¿y sí creen que logren conseguir la independencia? El taxista, un tipo de algunos 40 años, pelo bien recortado aunque un poco nervioso en la forma de volantear, me dijo que la esperaba con ansias. Lo dijo así, incluso haciendo rechinar los dientes. Me imagino, deslicé, para darle pie a que se explayara. El taxista carraspeó y dijo que lo mejor que le podía pasar a Cataluña era separarse de España (lo dijo así, ya, como si de entrada España fuera un país distinto), porque los españoles eran flojos y ellos, esto es los catalanes, tenían que pagar los platos sucios de todos. Y puso un ejemplo: los andaluces dan a las arcas nacionales unos 4 euros por año mientras que nosotros, tío, damos 30 o 40. Treinta o cuarenta euros, tío, dijo de nuevo, recalcándolo para que notara, más que nada, la proporción. Qué injusto, dije. Además, continuó el taxista, nosotros trabajamos de cinco de la mañana a doce de la noche, mientras que los andaluces trabajan mediodía y el resto: fiesta. Pa pa pi, pa pa pa: anda ya. No me jodas. Mi mujer y yo nos miramos, torciendo las cejas. Lo que decía el taxista parecía convincente, sobre todo cuando nos explicó que mientras los andaluces trabajan 3 meses y cobran 9 de paro, ellos trabajan 9 meses para conseguir -y eso en un caso extraordinario- apenas 3. Yo tengo un piso de 350,000 euros, mientras que un andaluz paga por el mismo 80 o 90,000: vaya tela, escupió y volvió a dar otro volantazo. Lo mejor era que nos hubieran conquistado los franceses o los ingleses, sentenció mientras se estacionaba afuera de la obra magna de Gaudí: la iglesia de La Sagrada Familia. Eso mismo creemos los mexicanos de los españoles, pensé replicar pero mejor saqué las monedas justas y pagué. El taxista siguió recto hacia la avenida Diagonal y nosotros nos pusimos en la larga fila para entrar a la iglesia, que todo aquel que visite Barcelona no debe dejar de ver. 

Taxi 120: La Sagrada Familia-Plaza Cataluña

La Sagrada Familia  es una catedral que Gaudí, el arquitecto  catalán (iba a escribir “español”, pero mejor ser precisos), dejó inconclusa. Fue su obsesión y en ella dejó su característico estilo de bóvedas ondulantes y columnas en espiral. Así como el estilo surrealista de Dalí, el de Gaudí también es fácilmente identificable. Cualquiera que vea la Sagrada Familia podría saber después a quién pertenecen el Parque Güell, la Casa Milá y la Casa Batlló. Luego de un par de horas de haberla visto desde adentro, y de haber subido por su escalera de caracol hasta una de sus cúpulas más altas, por donde se ve espléndidamente toda la ciudad, cogimos un taxi en la esquina de Menorca. El conductor era también un catalán, tenía un poco de mayor edad que el anterior, pero mejor sentido del humor. No sé por qué pero yo puedo distinguir a las personas que tienen buen sentido del humor. Hay algo en el entrecejo que es muy característico, o tal vez en la mirada, o en el conjunto del semblante. Desde que subimos al taxi me di cuenta de que el taxista tenía buen sentido del humor. Por eso, le formulé la pregunta con más familiaridad: ¿y en qué va a parar lo de la independencia de Cataluña? El chofer esperó unos segundos antes de contestar, pues iba acomodando el taxímetro. Luego dijo que eso de la independencia no era más que una chorrada que ya tenía dos siglos, como mínimo. ¿No la ve bien?, pregunté. ¿Y quién la ve bien?, dijo sin saber, obviamente, que unas horas antes un taxista había argumentado en el sentido contrario. El taxista se defendió diciendo que Cataluña no podría subsistir ni un día sin la ayuda de Madrid, y del resto de España. Que lo único que podía hacer fuerte a España era su unidad, no su división. Que había que ver a los americanos (dijo refiriéndose a USA), que tienen sus estados divididos y con leyes incluso distintas y constituciones diferentes, pero que a la hora de darle caña a otros países todos se unían. ¿Y España qué?, se preguntó a sí mismo sin darme pie a que interviniera. España dividida siempre, se contestó. El taxista me explicó que cuando había la guardia nacional los catalanes se empeñaron en tener una policía catalana argumentando que la guardia nacional era muy violenta y no respetaba los derechos humanos de nadie, y bien, que consiguieron tener una policía catalana pero que al poco tiempo ya estaban todos pidiendo que mejor volviera la guardia nacional porque la catalana pegaba más duro. Quise intervenir, pero el taxista se adelantó diciendo: pues eso mismo nos pasará si seguimos con la idea de la independencia. Cataluña no tiene forma de salir adelante sola. Aunque está mejor que el País Vasco, nos hundiríamos al primer tsunami. Mejor así, agregó, aunque tengamos que apretarnos el cinturón, como dijo nuestro rey Juan Carlos. Vi un hueco y asesté: allá llegan a México todos los problemas de la casa real, por cierto. Y añadí: a nosotros no nos va mejor con el presidencialismo. El taxista echó un bufido y soltó un dardo mortal. Pues ustedes, por lo menos, cambian de rostro acabado el periodo que dure el presidente, pero nosotros tenemos que comernos el pavo toda la vida. Imagínate nomás la noticia que vi ayer  en la mañana: que la princesa Leticia se levantó temprano para ir a llevar a los peques al cole. Vaya tela, macho. Yo me levanto a las cuatro de la mañana y no me acuesto hasta la media noche, y la tía esta Leticia de los cojones se levanta temprano para llevar a los niños al cole. Una cuadra antes de llegar a la plaza Cataluña le indiqué al taxista que nos dejara del lado del café Zurich, muy famoso en la zona y al que, de rigor, hay que ir a tomar café. El taxista se hizo hacia la derecha y se estacionó justo detrás de otros taxistas, en este caso pakistaníes o hindúes. Y ahora mira a estos, dijo moviendo la cabeza de un lado para otro, y no dijo más, pero cualquiera habría podido imaginar el resto de la frase. Pagué y bajamos. Enfrente del café Zurich se desarrollaba el Festival de La Merced, como cada año. Había unos chicos cantando rap, en catalán.  Las Ramblas estaban abarrotadas de gente. 

Partida

Luego de haber comido tapas (de jamón ibérico, tortilla de patatas, gambas) en un restorancito del aeropuerto,  pensé que tal vez Cataluña más que independizarse del resto de España lo que debería hacer es mejor cuidarse de la invasión de pakistaníes, hindúes y malasios que ya se han apoderado de todos los negocios de souvenirs y muchos de los restorantes típicos de Barcelona, pues, en un descuido, podrían convertirlos precisamente en una cultura o sociedad peor de la que están intentando huir. Pero quién se animaría a adivinarlo.

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