¿Oficio de lector?, por Héctor Sampieri

Todo libro, en mayor o menor medida, significa para mí y otros cuantos aficionados a la lectura una ventana desde donde se concreta la posibilidad de observar a través de diferentes perspectivas; son éstas visiones a las que uno se acerca y que pueden, o no, coincidir con las propias opiniones y concepciones del mundo que atestiguamos, como quien desde la ventana practica el viejo hábito de “ver llover”.
Cuando se lee un libro cuyo tema central tiene que ver con “el libro”, esa literatura sobre la literatura, el entramado de ventanas que se abren y cierran tiende a tornarse infinito. Es como la visión que se obtiene cuando a un espejo se le pone en frente otro de igual tamaño y somos capaces de observar una secuencia ilimitada de reflejos que a su vez reflejan y son reflejados. Los libros sobre los libros, cuanto a fomento y promoción literaria, han sido abordados antes por muchas plumas, de seguro existe toda una ciencia al respecto dentro la reflexión sobre la cultura que se transmite por la palabra, pero no es aquí mi interés (por lo menos en este momento) hablar al respecto. Me he encontrado con una extraordinaria ventana con la cual apreciar “el paisaje” y deseo compartir lo que a partir de dicho marco puedo observar; me limitaré, esperando ser sencillo y claro, a invitar a quien esto lea a que se mire a sí mismo en la secuencia ilimitada de los espejos multitudinarios.
Se nos ha hablado siempre de los escritores…todos quienes practicamos la lectura de las palabras de otros hemos hablado de quienes están detrás de la tablilla de arcilla, de la pluma, de la máquina de escribir y, ahora, de la computadora. Hablamos y conversamos de aquellos renombrados que nos gustan y de aquellos que no, amén de los motivos de cada uno para clasificarles. Algunas veces, cuando conversamos de quienes escriben, gustamos encauzar la plática a las influencias que motivaron a los “consumados”. Por ejemplo, supongamos que tal por cual escritor de renombrado prestigio es buscado por un suplemento cultural de cualquier medio de comunicación actual. Si el autor accede a la conversación que seguramente se hará pública, recibirá, en donde le plazca, a algún emisario que buscará entrevistarlo; como regla general de estas ocasiones, éste indagará sobre sus autores favoritos y aquél hablará encantado de la vida mencionando a quienes él considera que debe su prestigio y fama. Eso lo hemos visto todos, lo reconocemos como escena constante, y aprendemos a vivir con ello ya como parte obligada de cualquier entrevista que se precie de serlo frente a alguna “vaca sagrada” de la literatura. Vaya, es parte del número.
Pocas veces reparamos en cómo tal o cual escritor fue influencia de tal y cual otro, y viceversa (si se da el caso), o bien no auguramos mucho éxito a la disquisición que podamos emprender sobre qué hizo que X fuera influencia para Y. Hasta hoy, esta escena recurrente ilustrada burdamente en el ejemplo nunca había contradicho mi posición de lector. Me bastaba saber que X fue influencia de Y y punto. Y es que tradicionalmente el proceso de asimilación de la palabra escrita a pocos importa, incluído el caso de uno mismo. Buscamos el resultado y no reparamos en el proceso; volver sobre sí mismo, no está ahora muy de moda que digamos. Y entonces, curiosos como somos, deseamos saber cómo es X escritor cuando lee y nos olvidamos de nosotros al leer en la mayoría de las ocasiones.
Hoy, al terminar la lectura del texto que me ha envuelto los últimos días, terminé confundido. Pero con la extraña sensación de que la confusión redundará en algo bueno, aunque de suyo suene contradictorio. Un pequeño texto ha provocado un desencadenamiento de ideas, sueños, percepciones, opiniones, consideraciones, aseveraciones, risas y preocupaciones que se han conglomerado en el marco de una ventana pequeña pero con una vista impresionante. Desde ese limitado marco he podido apreciar gran parte de lo que he leído, y cómo lo he hecho, frente a todo aquello, que aunque deseándolo, no podré leer.
Acompañar las cavilaciones y rumiaciones de Rogelio Guedea, ha sido pie para acompañarme a mí mismo en reflexiones similares en especie pero diversas en significado. Meditando sobre lo que ocurre en mí al poner los ojos sobre el papel, no en cuanto proceso fisiológico y convención de neuronas y sinápsis, sino como ejercicio que humaniza y conecta conmigo mismo y con el mundo, he podido percatarme un poco más de aquellas virtudes y defectos que configuran el que yo soy cuando leo.
El ansia de compartir aquél panorama que representa la literatura para este novedoso autor (por lo menos es novedoso para mí), se acopla a mi anhelo de dar a conocer lo que en mí, y también en otros, ocurre cuando nos perdemos en páginas, letras, líneas y puntos. No sé a ciencia cierta si abrir esta experiencia apoya la promoción de la lectura, puedo suponerlo, pero existe en nosotros los lectores una tendencia innegable a compartir un oficio, un arte, un estilo de ver las cosas. Incluso, la lectura como oficio, alcanza un horizonte diferente y complementario al del escritor. Como bien relata el autor no todos los lectores son escritores, pero todo escritor si debería ser lector. Me quedo con la máxima extraída de su texto “No leas para mañana lo que puedas leer hoy”.
No sé si sobre decir que cada una de estas palabras ha intendado ser una recomendación de algo nuevo, diferente e interesante. Espero por lo menos haber articulado esa idea y haberlo hecho adecuadamente. Tú sabrás decirme si lo logre.
La vida según Sampieri

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1 comentario en “¿Oficio de lector?, por Héctor Sampieri”

Un verdadero honor que hagas eco de mis palabras confusas en la clarividencia de tu espacio.

Saludos.

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