Al vuelo de Rogelio Guedea por Juan Domingo Argüelles

Fecha: 14 de Mayo de 2004
Autor: Juan Domingo Argüelles

Poeta y ensayista, lector de Charles Lamb, Italo Calvino y tres Julios imprescindibles (Torri, Cortázar y Ribeyro), el colimense Rogelio Guedea (1974) publicó recientemente un gozoso volumen de prosas breves, ensayísticas, líricas y narrativas bajo el título general de Al vuelo (México, Universidad de Colima/Mantis Editores, 2003). Antes había entregado a los lectores cinco poemarios: Los dolores de la carne (1997), Testimonios de la ausencia (1998), Senos, sones y otros huapanguitos (2001), Mientras olvido (2001, Premio de Poesía Rosalía de Castro) y Ni siquiera el tiempo (2002), así como dos antologías: Los decimonónicos: Antología poética colimense del siglo XIX (2001) y Árbol de variada luz: Antología de la poesía mexicana actual, 1992-2002 (2003).
Lo que podrían parecer “minucias” o, definidos por Guedea, textos “al vuelo” y por Julio Ramón Ribeyro “prosas apátridas”, son en sí auténticos ensayos, según la famosa definición de su inventor Montaigne: “El juicio es cosa útil a todos los temas y en todos interviene. Por tal causa… lo empleo en toda clase de ocasiones. Si trato de cosa de que no entiendo, con más razón ensayo el juicio, sondeando el vado a prudente distancia, de modo que, si lo encuentro demasiado hondo para mi estatura, me quedo en la orilla… No examino las cosas lo más amplia sino lo más hondamente que yo sé; y con frecuencia suelo asirlas por algún aspecto inusitado. Me aventuraría a tratar con más profundidad alguna materia si me conociera menos y me engañase en mi impotencia. Pero, conociéndome, siembro aquí una frase y allá otra, como muestras de una pieza, separadas, y sin propósito ni designio”.

En la nota previa a la edición definitiva de sus Prosas apátridas, Ribeyro explica: “No se trata, como algunos lo han entendido, de las prosas de un apátrida o de alguien que, sin serlo, se considera como tal. Se trata, en primer término, de textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos. En segundo término, se trata de textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo, al menos no los escribí con esa intención”.

Guedea, por su parte, no considera necesario ofrecer explicación ninguna como antecedente a su reunión de prosas, salvo por el hecho de informar que la mayoría de los textos que conforman Al vuelo se publicaron originalmente en diversos periódicos y suplementos de Colima, Guadalajara y Tabasco. Textos o prosas, según denominación del autor, pero en realidad breves ensayos donde el juicio y la sensibilidad se juntan para producir destellos de observación, reflexión, comento y profundidad lírica.

El dios de las pequeñas cosas

Herederas de las “prosas apátridas” de Ribeyro, las que Rogelio Guedea cultiva y ha reunido en Al vuelo tienen las virtudes estilísticas de quien goza escribiendo y leyendo y de quien, al mismo tiempo, disfruta de la existencia y percibe las alegrías y las tristezas más allá de lo libresco. La verdadera literatura no es, exclusivamente, un consumado artificio, sino sobre todo la unión de lo vivido con lo leído, como en El dios de las pequeñas cosas, que es uno de los textos que mejor ejemplifican el sentido de la escritura de Guedea: “Mientras leo con fruición la vida de Diego de Torres Villarroel, según algunos críticos el mejor escritor español del siglo XVIII, veo suspendida en el aire una plumilla dejada por algún pájaro de los que suelen detenerse a cantar en el almendro del jardín de mi casa. El aire que entra y sale por mi ventana la hace vacilar. De pronto, atraviesa las celosías y se mece del otro lado del marco, bajo el Sol, o se cuela de nuevo y gira alrededor de mis libros o se levanta a trompicones intentando alcanzar el cielo.
“Sube y baja la plumilla y va y viene con esa esperanza de volver a ser pájaro o con esa añoranza de haber tocado, en vuelo raudo, las nubes más altas alguna vez. Yo la miro ahora, mientras leo a Diego de Torres, con cierta melancolía, y pienso en mis palabras, que en su diario oficio no atinan a decir con precisión lo que la noche les dicta.”

En los casi 80 ensayos breves de que consta Al vuelo, podemos apreciar por supuesto no únicamente las influencias, sino también la originalidad de quien medita y siente desde su personal perspectiva, sin frivolizar, sin banalizar y, al mismo tiempo, sin abrazar la pedantería que es uno de los riesgos más frecuentes en este tipo de literatura vivencial. Lo que hay que saber es que lo que le sucede al autor no es importante nada más porque a él le sucede sino porque también se torna metáfora y parábola de lo que le ocurre a los lectores. Al vuelo es un libro digno de que lo leamos y que dialoguemos con él, como se dialoga con todo buen libro, pues un buen libro nunca es, nada más, un soliloquio.

Periódico El Universal

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