Apuestas de un lector por Eve Gil

Fecha: 24 de Marzo de 2008
Autor: Eve Gil

El oficio del escritor no es escribir sino leer: “Escribir, en realidad, es una consecuencia, un resultado, no un origen”. Así lo constata Oficio: leer, de Rogelio Guedea (Colima, 1974), quien, al tiempo que realiza su muy personal recuento de las lecturas que lo formaron como escritor, nos invita a reflexionar respecto a la trascendencia que determinados libros han tenido en nuestra vida.
Justo a la mitad del libro, Guedea reconoce su deuda con El arte de la fuga, de Sergio Pitol, libro que por cierto no quiso leer hasta que pasara su “boom”, pues, viejo zorro en esto, Guedea suele andarse con tiento respecto a los libros sobre los que llueven alabanzas. Este, sin embargo, no solo no lo decepcionó sino que le inspiró, como a otros autores de su generación –menciona al guatemalteco Eduardo Halfon, autor del maravilloso libro El ángel literario -su autobiografía como lector. Con todo y esto, Guedea señala que hay muy poco, casi nada sobre cómo los lectores llegaron a serlo, lo cual, considero –y ya lo han demostrado los antes citados Pitol, Halfon y el propio Guedea –pudiera representar una apasionante aventura del espíritu y la imaginación.
El de Guedea es de esos excepcionales casos en que la afición por los libros no fue transmitida sino accidental: el libro busca al lector y no al revés. Quienes fuimos buscados por el libro, no cualquier libro, claro, sino uno en particular que despertó nuestra curiosidad e imaginación, atesoramos ese instante como los conversos su primer baño de luz, pues, nos dice el autor en la página 37: “La lectura es transformadora no sólo de la obra misma que se lee, sino también del espíritu y corazón que la recrea, a quien no le queda otra opción (como ha sucedido en mi caso) de rendirse a ella.”
Poeta, narrador, ensayista y novelista, Guedea tiene el acierto de relatar su experiencia con desparpajo, sencillez y, sobre todo, conciencia del lector como interlocutor y no ente pasivo, tono que tan entrañables hacen los textos de Pitol. Nos hace sentir hasta qué punto la experiencia lectora es parte de la vida misma y no, como por desgracia es percibida por muchos, requisito para alcanzar un fin. Académico él mismo, no deja de ser curioso su sarcasmo hacia la actitud de otros académicos que nunca se han enterado de que, si bien se trata de un ejercicio conectado con el raciocinio, leer afecta principalmente las emociones y es generadora, ante todo, de felicidad: “(..) Este tipo de personas, que saben citar largamente a Iser y a Booth, a Eco y a Riffaterre, porque obviamente no tienen ideas propias sobre el arte de leer, deberían cerrar las puertas de su cubículo y ponerse a leer en serio, consciente y honestamente, y así evitar por el mundo citando de oídas o copiándose la bibliografía de otros para luego hacerla pasar como suya. Si yo fuera un asesino a sueldo, empezaría asesinando a estos bichos que tienen sitiadas las revistas especializadas y los congresos de literatura, y son arrogantes cual ignorantes que son (…)”
Como lector se rebela también ante la crítica encaminada a satisfacer fines mezquinos (de ahí su desconfianza hacia loas y descalificaciones radicales), y a narradores que no se subordinan a la creación sino al revés. Comparto esta inquietud de Guedea: los nuevos narradores, predominantemente los de nuestra generación, se alejan cada vez más de la vida para recrearse en la artificiosidad que hace del libro obra estática, contemplativa, no incitadora de interacción con el lector sino soliloquio, acto onanista, cerrada al diálogo. Es, bien dice el autor, como dejar de reflejarse en los espejos. Esto podría llevarnos a reflexionar sobre una posibilidad todavía peor que la tan cacareada desaparición del libro: la desaparición del lector: “No me gustan las novelas de hoy porque son precisamente como este libro que escribo. Son todo menos novela (…) Las novelas se han reducido al mínimo, incluso en páginas. Se han fragmentado. Se han roto…” (p. 82)
Concluyo con esta cita de Montaigne que, muy convenientemente, funge como epígrafe de Oficio: leer y que, entre otras cosas, resume el verdadero arte del ensayo: “Y no cito a los demás sino para explicarme mejor”.

http://www.ecosdelacosta.com.mx/index.php?seccion=15&id=37527&encabeza

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