“Crímenes de 5 a 8” (sobre novela “41”), por Yuri Herrera

41, la nueva novela de Rogelio Guedea, empieza con la escena de un niño que ha descubierto manchas de sangre en una cajuela; adentro está el cadáver de un hombre asesinado a soga, fuego y cuchillo, pero el niño es ignorado por el adulto a quien dio la señal de alarma. En esa primera escena ya están algunos de los elementos centrales de 41: la lucidez de unos para percibir los horrores del mundo, la indiferencia de otros, y la certeza de que debajo de nuestra plácida ignorancia se encuentra algún secreto espantoso y retorcido.

La novela está articulada por dos tramas paralelas: la infancia solitaria y violenta del Japonés, quien se convertirá en un asesino en serie, y la investigación que de sus asesinatos hacen los agentes de la ley Sabino y Román. Las tramas se alternan con textos “extraídos” del expediente judicial donde se consigna la investigación, y en ese contrapunto ético y estilístico avanzan hacia un desenlace que no intenta despejar incógnitas, sino mostrar los resortes del poder a los que están vinculados víctimas y victimarios.

Aunque 41 es una historia que prolifera a partir del asesinato del hermano homosexual de un aspirante a la gubernatura de Colima, no se trata de una novela sobre la homosexualidad, ni solamente sobre el odio a los homosexuales, sino sobre las prácticas de algunos sujetos entre los cuales el acto sexual es una moneda de cambio o un arma para humillar. El peligro en el que están los personajes de la novela no se deriva tanto de sus elecciones sexuales, sino de la impunidad de algunos poderosos.

La mutilación y asesinato de homosexuales, el incesto, la pederastia, el desprecio por las mujeres son presentados no como fallas premodernas dentro del orden social, sino como algo mucho más terrible: como parte del tejido con el que está hecha nuestra modernidad. El catálogo de personajes que realiza la historia en 41 incluye personajes siempre al filo del abismo, siempre a punto de hacer o descubrir algo –en el mundo, en los otros, en sí mismos–, y en ese titubeo existencial se revelan como sujetos contradictorios: el mismo comandante que habla de los homosexuales como “maricones de mierda”, por ejemplo, admira a su jefe el procurador, con un miedo y deseo similares a los que éste siente por el gobernador. Y el machismo pedestre de los policías investigadores no impide que uno de ellos busque un cuadro de girasoles para su casa –pintado por un tal Vangó, que solía ser mochaorejas.

Los diálogos entre Sabino y Román, los investigadores, tanto como los que sostienen El Japonés y El Ferras, protagonistas de la historia paralela en la que presenciamos los resortes originarios del asesino, postulan un universo en el que todos están sujetos a jerarquías arcaicas. Es esta textura del mundo, mucho más que la nota al inicio del libro, la que hace al lector intuir que la historia está basada en hechos reales. La connivencia de las autoridades con el narcotráfico, el gober que protege pederastas, la corrupta repartición del poder entre las élites son, a estas alturas, casi un matiz costumbrista.

Guedea exhibe la entraña podrida de Los Jefes describiendo sus cálculos políticos, su utilización de los organismos judiciales y su manipulación de la prensa, pero el recurso más interesante es cómo muestra la facultad de la institución que representan para otorgar nombres. Los personajes a los que la voz narrativa llama como se llaman ellos a sí mismos –la Chiva, el Japonés, etc.–, a la hora en que son sometidos a la estructura de poder, aparecen con otro nombre, el oficial, el que no se han dado ellos ni los suyos, el que denota que están siendo interpelados por el poder: la inclusión de nombre de pila y dos apellidos no es señal de respeto, sino regaño intimidatorio.

Invariablemente, al aparecer en el expediente judicial, los individuos se vuelven frágiles y asustadizos. Si en el resto de la novela podemos advertir que éste es un libro que se alimenta con el rumor de la calle (como si, al agitarlo, sonaran las botellas, la bomba de gasolina, los albures), los fragmentos en los que se imita el lenguaje judicial se burlan de la imposibilidad de éste para dar cuenta de los dramas que originan la investigación o del carácter y la complejidad de los individuos que hacen esos dramas. La utilización virtuosa de este recurso es una de las diversas formas en que Guedea se aleja de los clichés que parasitan las representaciones de la violencia: aquí no hay repetición maniática de estereotipos, sino historias complejas e ironía del lenguaje de barandilla en el que se archiva la tragedia nacional.

Dentro de esa realidad, el margen de acción de la justicia parece extremadamente limitado si uno piensa que la resolución de la novela tiene que estar en el descubrimiento de una Verdad con mayúsculas. Ésta no se nos oculta en ningún momento, nos ofende –y nos divierte– desde la primera página. Si hay algún misterio, es el de cómo hacen los individuos para preservar su humanidad en medio de tal degradación, y este desplazamiento del meollo del asunto, de lo meramente policial a lo social, es una de las cosas que hacen de 41 una novela necesaria. Otra, por supuesto, es que con este libro Guedea se consolida como uno de los mejores narradores mexicanos, merced a su capacidad para tomar la desgracia, transfigurarla poéticamente, y entregarnos algo que es a la vez un objeto hermoso y una máquina de pensar.

Al final, 41 no es un libro de denuncia, o en todo caso es uno que denuncia pero no lapida sino que exhorta a hacernos preguntas. Quizá ya no aquella de ¿cuándo se jodió todo esto? sino ¿cómo nos convertimos en cómplices de esta jodedera?

La Jornada Semanal

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