Kora por Ernesto García López

Si echamos un vistazo a la historia del Premio Adonáis nos encontramos que en sus sesenta y seis años de trayectoria sólo seis autores latinoamericanos (contando con el autor que nos ocupa) han obtenido dicho galardón. Uno cada diez años, aproximadamente. Antonio Fernández Spencer en 1952 (República Dominicana), Roberto Sosa en 1968 (Honduras), Laureano Albán en 1979 (Costa Rica), Luis Enrique Belmonte en 1998 (Venezuela), George Alexander Portillo en 2006 (El Salvador) y ahora Rogelio Guedea en 2008 (México). Quizá una de las razones de tan extraña situación sea que, durante demasiado tiempo, el Adonáis estuvo inextricablemente unido a las preocupaciones, tensiones y aislamientos propios de la poesía española, convirtiéndose en una especie de cuerpo extraño a los ojos de la plural y casi siempre cosmopolita literatura latinoamericana. Pero con la concesión en apenas tres años de dos primeros premios a autores del otro continente, parece que esta realidad empieza a tambalearse. No estaríamos ya ante un recinto con fuerte sabor nacional, sino más bien delante de una intentona (con sus virtudes y defectos, consciente o inconscientemente) por el diálogo en lengua española, en línea con otros esfuerzos como la antología Las ínsulas extrañas de los españoles José Ángel Valente y Andrés Sánchez Robayna, y los hispanoamericanos Blanca Varela y Eduardo Milán.

Más allá de la verosimilitud o no de esta afirmación, ¿qué señas de identidad presenta este libro y en qué medida esos ejes participan de ese hipotético diálogo transoceánico? Para empezar habría que decir que, del mismo modo que la propia lengua española es ya un patrimonio multicultural, desprovisto de esencialidades, proyectado hacia la contemporaneidad mediante numerosas líneas de fuga, el caso de Rogelio Guedea es el de un extrañamiento. Si nos atenemos a su biografía, nos topamos con un mexicano que vive en Nueva Zelanda, inserto en un idioma y un país que no es el suyo, y que por voluntad decide presentarse a un premio español, alejado también de su rica genealogía literaria. La patria propia, lejana, en nebulosa casi, se incorpora a buena parte de sus poemas en forma de símbolo, con especial énfasis en su primera parte (“Mañana es un país que no existe”): “Una mujer sentada en una banca, parecida a mi país cuando me despedía. / Parecida al adiós de mi país”. La evocación del origen no parece devenir en linaje, sino en veladura, telón de fondo de una temperatura emocional constante a lo largo del poemario. La “extranjeridad”interior del poeta (obsesiones, imágenes, tristezas, errancias) encuentra en la propia distancia una metáfora solapada de su propio extrañamiento. Nos encontramos aquí con el que sería, a mi juicio, primer rasgo identitario del libro. Extrañamiento de la lengua que es también extrañamiento del hombre.

Ahora bien, KORA se arpegia en tres movimientos de muy distinto signo. El primero de ellos (ya señalado) concentra su mirada en la reflexión metapoética, autoreferencialidad y ahondamiento en las contradicciones del sujeto que escribe. Como apoyatura de esa mirada la mujer, entendida más como interlocutora pasiva (“Mujer portátil”), oidora de las propias inconsistencias de la vida (lo cotidiano y su posición dentro del mundo). Esta sección, a mi juicio, es la más desigual, no exenta en cambio de momentos de fuerte intensidad conceptual (como, por ejemplo, en el poema “Cota I”). El segundo movimiento, “Isla al sur”, constituye (también a mi juicio) el corazón del libro, su mayor hallazgo. Tomando como punto de partida una contundente cita de Roberto Juarroz (¿hay algún verso de Juarroz que no lo sea?): “Me están dictando cosas, / pero no desde otro mundo u otros seres, / sino, más humildemente, desde dentro”; Rogelio Guedea levanta un apasionante y fragmentado discurso donde se condensa lo mejor de su lírica: emotividad, convivencia de lo cotidiano y lo imaginativo, lenguaje puesto al límite, delante del umbral que licua lo estrictamente narrativo y poético, dando lugar a una mixtura experimental de cierto alcance, y sobre todo la sabia traslación a palabras de ese extrañamiento del que dábamos cuenta al principio de la reseña: “atado a sus abismos (un abismo puede ser también la suma de dos caras) / y a su sombra (una sombra sin pijama ni martillo), / recorriendo los pasillos de la memoria, / su ruta incierta, / un día y más allá, / hasta llegar (su mano) a mi país, para decir –de nuevo, otra vez–: / padre, / estos huecos que dejaste”.“Isla al sur” se comporta como enclave del libro; almendra desolada de su poética. La última sección, “Conversaciones”, teñida de una tristeza en vilo, casi transparente, pero que empapa cada uno de sus versos, se levanta en forma de diálogos ausentes con la compañera, reflejando las porosidades de la vida o sus debilitamientos más íntimos. Este apartado (a modo de cierre) viene también a adensar todo lo abordado durante las secciones anteriores para hacerlo desembocar en una suerte de monólogo al vacío donde el lector, interpelado, tiene la sensación de estar ahí, junto al poeta, observando “el contorno de sus derrotas”.

Con este libro Rogelio Guedea pone nombre a la “tristura”, a la soledad y la extrañeza, uniendo para ello los cabos de la lírica y las asperezas de la narrativa. Poemas sincopados que dialogan con los ritmos, también sincopados, de nuestra contemporaneidad. Quizá por todo ello, la poesía de Guedea puede inscribirse dentro de esa misma latencia transoceánica que mencionábamos al inicio. Una lengua que se va ensanchando a medida que se extraña a sí misma (véase fenómenos como la literatura chicana); unas poéticas que, más allá de sus contextos sociohistóricos diferentes, observan cada vez con más perplejidad su participación en el mundo a través de posiciones liminares, mestizas; una literatura que da cuenta del sujeto postmoderno, latinoamericano o europeo, da igual, fragmentado y sometido a la disciplina de la individualidad; una voz que no se aferra al antagonismo clásico entre figuración y abstracción y que sabe poner en juego (cabeza bifronte, recursiva) las laderas de la realidad y la imaginación. Quizá por todo ello, este libro de Rogelio Guedea continúa la estirpe de otros autores que alimentaron y alimentan, día a día, el intercambio en lengua española.

Revista Hispanoamericana de Cultura

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