La brevedad como fundamento, por Édgar Omar Avilés

El Universo está construido de lo breve, todo lo demás son las consecuencias, derivaciones, eso que expande el laberinto. Y tan ese así, que los primeros humanos, ante un lenguaje que nacía, hablaron del mundo con brevedad. “Aquello que da luz y calor” habrá sido la explicación del Sol, y no un enorme tratado de astronomía. Aquello que fluye y da vida”, fue el río.

Ahora nosotros, miles de años después, nacemos afincados en un mundo elaboradísimo. Lo esencial ya floreció: donde hubo una semilla de conocimiento ahora hay un bosque. Es fundamental que los ríos den a luz a los océanos y que los edificios tengan más pisos más allá de las nubes. Que nuestro mundo sea un mecanismo cada vez más complejo, para que la hermosura de lo grandioso proyecte a los humanos con estrellas por engranes. Pero si queremos llegar lejos, es importante saber reconocer lo esencial, conocer el punto inicial del laberinto en donde estamos, llegar a ese instante que era antes de las muchas ramas y vertientes que nos pierden en el horizonte. La radicalidad de lo humano no es y no será ponerle un eslabón más a la cadena, sino ir a la raíz y desde ahí, iniciar nuevas e insólitas cadenas.

El poder de lo breve obliga a convocar lo esencial. Llama a lo primitivo y poderoso. El cuento hiperbreve, microficción o microrrelato, gregería (la distinción entre uno y otro sería, a mi juicio, está en la existencia, o no, de un personaje y en el nivel del conflicto dramático), es, tiene que ser, antes que nada: literatura; en ello su esencia. Y la esencia de la literatura es desarrollar lo humano en un tejido ficcional estilístico de tal suerte que le descubre al lector otra manera de entender el mundo y de entenderse por medio de la imaginación y el espejo del arte. La minificción le habla al corazón, a la mente y al espíritu” del lector y le susurra preguntas sobre ¿qué cosa es un “ser humano”? ¿Existe “la verdad”? ¿Tiene sentido la vida?

La minificción es un virus mortal con ADN de preguntas inteligentes; una bala de diamante que atraviesa nuestras armaduras más potentes. Armaduras con que nos protegemos la crueldad de la atroz belleza de la literatura: “Luego leo esa novela”, luego, cuando tenga tiempo. Pero aquí no es posible, una minificción se cuela por los ojos de la armadura y antes de que lo sepas, ya anida en tu alma.

La minificción, la verdadera, no es chiste. No es decir lo que ya se ha dicho pero de manera abreviada. No es ejercicio de telegrama. No es hipertexto. No es la referencia culta o literaria como guiño para los que la conocen. Puede ser todo lo anterior, pero solo como mecanismo para lo que le es suyo, que es resignificarnos de la infancia a adultez. Entonces no se puede dar el lujo de lo superfluo. Obviamente no a nivel gramatical: cada palabra debe de significar lo exacto o, si no, ha de ser guillotinada. Pero tampoco puede, no debe, darse el lujo de la superficialidad conceptual. No se confunda: no digo que la minificción tenga que ser férreamente filosófica, eso tampoco se le pide al resto de la literatura ni del saber y del arte humano, pero la intuición del mundo con que la literatura palpa lo humano ha de tener el mismo compromiso en una novela que en un texto de diez palabras.

En el El Canto de la Salamandra hay literatura brevemente extensa en la pluma de algunos de los escritores más notables de nuestro país y otros que están en camino de serlo o, cuando menos, sus minificciones están a la altura. Y naturalmente hablo por los autores reunidos, menos uno: yo, que sabrá Dios o el Diablo porque estoy aquí, pero, salvo eso, puedo recomendar esta antología que Rogelio Guedea tuvo a bien reunir y Ediciones Arlequín en publicar. Un libro-maremoto dispuesto de 24 vértigos-autores y cada uno compuesto por 10 cuentos-Agujeros Negros de bolsillo.

**Texto leído en la presentación del libro «El canto de la salamandra, antología de la literatura brevísima mexicana» de Rogelio Guedea en el Festival Cultural Zacatecas 2014 el pasado 24 de abril de 2014.

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