Más político que estético por Alí Calderón

Fecha: 23 de Abril de 2006
Autor: Alí Calderón

Con mayor o menor elegancia o mesura podríamos decir que los poetas mexicanos, en gran número, han dejado de lado la propia poesía y han erigido como sumo bien la vida literaria, la intriga cortesana, la legitimación de la literatura a través de medios extraliterarios actualizando, de esa manera, las palabras de Manuel Payno cuando sostenía que en México es más productiva una hora de política que un año de trabajo.
Es un secreto a voces. El susurro del rumor se acrecienta, todo es sospechoso. Son pocos quienes creen en la transparencia de nuestro aparato cultural. No hay culpables ni señalados con el dedo, pero toda beca, todo premio, está empañado por el vaho de la duda. Es en este ambiente de enrarecimiento y escasa nitidez que aparece uno de esos libros que intenta reivindicar el arte, rodear al poema no de amiguismo y política cultural sino de crítica seria y sólida. Me refiero al volumen de ensayos A contraluz. Poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente, compilado por dos poetas responsables y honestos: Rogelio Guedea y Jair Cortés. Ambos, con visión panorámica y plural, han convocado a distintos poetas para hablar de su propio trabajo, de sus apuestas personales, de sus poéticas. Se trata de autores nacidos en las décadas de los sesenta y setenta, poetas que no alcanzan aún la calidad de clásicos y que, más bien, continúan construyendo y solidificando su obra. En A contraluz encontramos algunos textos lúcidos y muy dignos, ensayos eruditos que explican un modo particular de escribir poesía y entenderla, así como la visión de cada autor respecto a aquello que circunda el poema: las mafias, el modus operandi de los poetas, los grupos generacionales, las influencias, los libros que configuraron su visión, etcétera.
Textos medianos, poco sorprendentes, simplemente decorosos, los de Ofelia Pérez Sepúlveda, Ricardo Venegas, Benjamín Valdivia, Javier España, Cristina Rivera Garza, Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal. Textos eruditos, los de Pablo Molinet, Roxana Elvridge-Thomas y Heriberto Yépez. Los poetas comentan la estructura de sus libros, pero sería infinitamente más interesante que comentaran la constitución de sus poemas, es decir, que en esta época de pérdida de canon, los escritores nos explicaran por qué su poesía vale, cómo está escrita, cuál es su intención. Sin duda los textos más afortunados son los de Jorge Fernández Granados y Jorge Ortega, mientras los más polémicos y comprometidos son los de Luis Armenta, Julián Herbert y Mario Bojórquez.
Para la gran mayoría de los poetas convocados, la poesía desborda los lindes del poema y se traslada a otros ámbitos, digamos la música o el cine, todo esto porque se percibe en lo poético la esencia del arte.
Se advierte en estos ensayos el peso que tiene la idea de la tradición literaria. Sin embargo, como dice Fernández Granados: “Las polémicas generacionales en nuestro país son más políticas que estéticas.” Cercano a esta idea, Jorge Ortega sostiene que “el árbol de la poesía mexicana es una gran familia unida por los rituales de la vida literaria”. Insistimos, una de las vetas más filosas de este volumen es la crítica que se hace al aparato cultural, a los grupos, a las mafias y pretendidos cacicazgos en la poesía contemporánea. Son textos que, poniendo de pretexto una poética, se ciñen rabiosamente a la coyuntura y el debate con sus pares. Así, por ejemplo, con valor, Luis Armenta Malpica escribe: “Sin embargo, en México de un tiempo a la fecha no hay más poética (reconocida, premiada, beneficiada por los protectores oficiales) que la que viene del sur del continente, vía los grandes santones y uno que otro poeta. Esta ‘nueva’ poesía, afianzada con garras a las viejas vanguardias, mira con malos ojos a lo que no ocurre en ella. Son jóvenes que arrastran los vicios y prebendas de sus propios padrinos y hacen del centralismo y de las becas una forma de vida.” Julián Herbert nos muestra en su ensayo cuál es el grupo prestigioso, poderoso en México, que pretende construir, más con ganas y deseos fervientes que con autoridad crítica o poética, un nuevo magisterio intelectual. Mario Bojórquez, rechazando estas prácticas y grupos de poder escribe: “Un grupo de autores no siempre vinculados por posturas estéticas, pero sí coyunturalmente asociados en torno a un proyecto editorial o de difusión, casi siempre a la sombra de una institución privada o pública, aceptan en sus cánones a un autor que puede resultar conveniente para ese proyecto aunque se abomine de su trabajo o su actitud personal; la regla será siempre, en todos los casos, elogiar sin medida, reconocer lo que no se conoce, elevar a la cumbre lo que por su propio impulso no escala ni siquiera su estatura.” No cabe duda que el corrupto sistema político mexicano generó un sistema cultural igualmente corrupto.
Este libro nos entrega, además, una ética para poetas. Dice Luis Armenta: “No haría trucos, mafias o componendas; tampoco viviría del presupuesto. Descuido la inmediatez, la fama, los reflectores, y aborrezco el apalancamiento con costo intelectual, sexual o de principios.”
Este compendio de miradas diseñado con gran visión por Rogelio Guedea y Jair Cortés es un nuevo intento, una oportunidad más para llamar a la honestidad, a la honradez, al trabajo consciente, a la horizontalidad y a la democracia cara a cara en la cada vez más turbia y vana república de las letras.

La Jornada Semanal

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