“Mirar afuera, mirar adentro: Campo minado, de Rogelio Guedea”, por Ada Aurora Sánchez

En 1997, Rogelio Guedea publicó, bajo el sello editorial de Praxis, su primer poemario: Los dolores de la carne. Recordamos en la portada de aquel inicial y acertado trabajo poético, un grabado de Námiko Prado en que se distingue, sobre una cama rosa, la figura de una mujer desnuda, también rosa, de quien no se perciben sus facciones, pero sí la placidez con que descansa. La mujer se encuentra en su habitación (apenas decorada), y el espectador sabe que ella espera o recuerda algo. Y ahí, con esa invitación, con esa duda, comienza la aventura del texto en que, ciertamente, el amor, la espera, representan un eje temático importante, aunque esto no implica que queden fuera el dolor, el desgarre de la carne, en aquellos versos debutantes.

            Pero, ¿cuál es el arco que se levanta entre ese primer poemario con que el joven Guedea, de veintitrés años, se “presenta en sociedad” y el más reciente, es decir, Campo minado (2012), una coedición de editorial Aldus y la Secretaría de Cultura del Estado de Colima? ¿Cuántos temas, búsquedas, obsesiones, vuelos, caídas, premios y hallazgos han llenado el ánfora del tiempo? ¿Cómo ha levantado, pues, el señor Guedea el edificio de sus trece libros de poesía (hasta ahora, por supuesto), en la envidiable ciudadela del conjunto de su obra: cuarenta libros en total, ya de poesía, novela, minificción, ensayo, crónica, entrevista o traducción?

Sin duda, Guedea ha cruzado el mundo de la literatura a partir de una vocación inamovible, intransigente, sagrada, como lo fue para Balzac o para el mismo marqués de Sade, que escribía a todas horas, con todo el cuerpo, dormido o despierto, en la libertad o el encierro.

La diversidad de géneros abordada por Rogelio Guedea demuestra con claridad no sólo su talento y su capacidad artística, sino también el pulso afiebrado que lo caracteriza. Esta ansia de vida (o temor de muerte) se verifica en el conjunto de su literatura, pero, como es previsible, en distintos colores y matices. Así, en su novelística, por ejemplo, lo que salta a la vista es la crudeza del lenguaje, la furia, la tensión narrativa en función de temas como la violencia, la corrupción y la sordidez de ciertas capas sociales; mientras que en sus minificciones, por otra parte, se expone con un lenguaje dúctil y aterciopelado una filosofía de la cotidianidad y el asombro.

Téngase en cuenta, no obstante, que si bien Guedea se maneja con maestría en la “narrativa dura” (para muestra 41, la segunda de sus novelas) y en el campo de la prosa poética (pensemos en sus libros de minificciones Cruce de vías y Pasajero en tránsito), es en la poesía donde el autor busca con denuedo apresar sus mejores peces. Quizá por ello el mayor número de sus libros se halla precisamente en este género, al igual que el mayor número de los galardones recibidos: Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro 2001; Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2004; Premio Nacional de Poesía Sonora 2005; Premio Adonáis de Poesía 2008 y Mención honorífica en el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen, también 2008.

Fiel a un ánima creativa que lo impulsa al movimiento constante, Guedea ha llevado y traído de un género a otro, en la liminal frontera de la creación, recursos expresivos, estrategias retóricas y lenguajes para reavivar, a su modo, la faena de la escritura. En ese andar, el periodismo, la charla franca con la gente de la calle, de los taxis, de los supermercados, y la música popular, no han faltado. Los elementos referidos son, de hecho, motivo de intertextualidad permanente en la literatura de Rogelio, una literatura que rinde homenaje abierto a las voces que la pueblan: desde la infancia y sus zapatos raspados, hasta la madurez cosmopolita del incansable andariego.

Habrá que insistir, sin embargo, que en Rogelio todos los caminos conducen a la poesía. Sus desplazamientos por otros géneros son apenas una manera de ensayar lo que espera se convierta, más tarde, en un puñado de versos. Hay en su prosa –basta con releer cualquiera de sus obras– un innegable sabor lírico que delata la esencia de su autor o, para decirlo en otros términos, su primera y única piel en el mundo.

Campo minado, el libro que nos ocupa en esta ocasión, aparece, pues, en el terreno de la poesía para mostrar la vivencia del amor, el exilio y la explotación de los seres humanos; es decir, la vivencia de aquello que le estalla entre las manos al poeta y, al mismo tiempo, está allá, en el fondo de él, como motivo de escritura. Guedea vuelve, en este sentido, a temas ya tratados en poemarios anteriores, pero afinando los recursos de la crítica social, la ironía y brevedad –con excepción del poema “Timeline”, que es de largo aliento y se presenta al final del libro.

A través de cuatro apartados denominados “Epigramas”, “Órbitas”, “Todo cielo común” y “Campo minado”, el poeta se repliega en las paredes de su casa, de su patria, para llorar las cosas más llorables: la guerra, el imperialismo, la nostalgia, el abandono, la pareja, la amistad o la soledad en tiempos del internet y el twitter

Un epígrafe como “El imperialismo dice que nos quiere hacer felices”, de Ernesto Cardenal, con que Rogelio abre Campo minado, subraya el carácter social, contestatario, de una buena parte de los versos de este poemario. A partir de aquí habrá que leer que no se puede amar sinceramente nada si no nos duele el mundo en sus contradicciones e injusticias. Por eso, para hablar de la mujer que se ama, de la casa propia, del árbol o del mar que se mira de cerca, es preciso recordar que hay quien no tiene mujer, ni casa, ni árbol, ni mar, y a veces ni ojos para ver de lejos o de cerca… De esos, los dolidos, los ignorados, los sin suerte, hablará Rogelio, y lo hará, porque “también la indiferencia es un crimen organizado”.

Ahora bien, debe apuntarse que la poesía social conlleva sus riesgos, pues corre el peligro de convertirse en panfletaria u oportunista cuando la doctrina opaca toda intención artística. Por fortuna, no es el caso de Rogelio, que cuida no desbordarse ni omitir el esmero en la factura de los versos.

En un poema como “lluvia ácida” (con minúscula inicial, como todos los textos y los primeros versos de Campo minado) se comprueba que el carácter social, ético, de un poema, no excluye la posibilidad del mérito artístico:

 

encontraron el bracito de la niña debajo

de los escombros/ encontraron los cinco dedos

de la manita y un anillo azul, bajo los escombros también

bañados por la lluvia/ no encontraron ni la cabeza

de la niña, ni encontraron tampoco su vestido

de encajes, ni otro paradero/ su cadáver estaba ahí,

en pie, bañado también por la lluvia,

sediento de tanta agua/ los enfermeros le preguntaron al cadáver

en pie su domicilio, sus apellidos, alguna razón

o motivo de existencia, pero el cadáver en pie

de la niña enmudecía, apenas hacía así con

las mandíbulas desiertas, pedía un pan duro para comer/

encontraron que era en vano preguntarle

a un cadáver en pie de una niña por sus padres, sus hermanos,

sus muñecas, su casa de techo de zinc, su familia entera

enterrada bajo los escombros mojados por la lluvia,

bajo la lluvia de injusticias, tiranía, represión,

mojados, ahora para siempre amigos

de la muerte.

 

Nótese cómo la ironía revela una verdad absurda: las inclemencias más difíciles de sobrellevar no son las de la Naturaleza, las del medio ambiente, sino las de la naturaleza humana. Rogelio apunta los cañones de sus versos justo hacia esta contradicción y sobre la incómoda circunstancia de saberse a salvo, cuando otros mueren en la ignominia. He aquí un fragmento de “sri lanka”:

 

[…]

cómo puede un hombre desayunar tranquilamente

una mañana de octubre mientras una pequeña en la radio

de nueve o diez añitos pide desesperadamente

ayuda diciendo a todo el mundo llorando no podemos

vivir aquí en sri lanka por favor ayuden a mi papá sin trabajo

a mi mamá muerta a mis hermanos de piernas rotas

a salir de aquí no tenemos nada no tenemos casa

[…]

 

Según ha comentado Rogelio en alguna entrevista, él es una especie de “polígrafo grafómano” que se mueve entre distintos géneros y, diría yo, entre distintas realidades. Le interesa la dimensión de lo social, de la vida colectiva y pública, pero también el testimonio individual, personalísimo, que él pueda ofrecer sobre su “residencia en la tierra”. Esto explica por qué su escritura poética, en especial la del último Guedea, se encarga de reunir, en Campo minado, dos extremos que se tocan: la poesía de corte social y la poesía del sujeto concentrado en su intimidad. Porque, al lado de la denuncia crítica, está a su vez el canto del hombre que añora el cuerpo amado; a la madre en su lejanía, a la patria distante; del hombre que reconoce: “de alguna forma/ también a mí/ me atraviesa un muro.”

El poeta, entonces, procede de dos maneras: por una parte asume como propios los problemas del mundo, los de los niños extraviados, los de los pobres, los de los castigados, y, por otra, eleva a la categoría de universales las tribulaciones (y contemplaciones) del hombre común y corriente. Guedea sintetiza en una sola voz, la dimensión de lo ajeno y lo propio; porque nada le será más cercano que lo que atañe al vecino, ni nada le resultará más extraño que sí mismo.

A Campo minado hay que beberlo a sorbos; paladearlo en los poemas-sentencias como este: “vivir es llenar huecos”. O como en este otro: “la realidad también es todo eso que no existe”. Ya el lector, desde su propio horizonte y experiencia, decidirá qué vertiente de la poesía de Rogelio le provoca más emociones o le estimula más cuestionamientos verdaderos. Tiene aquí, el lector, noventa y siete páginas asincopadas, de intenciones y registros disímiles, para mirar afuera y mirar adentro. Noventa y siete páginas para confirmar que la poesía de Rogelio, en definitiva, no es sólo música. Entra, sí, por el oído, aunque siempre resuena más allá del alma y la ideas.

 

 

 

 

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1 comentario en ““Mirar afuera, mirar adentro: Campo minado, de Rogelio Guedea”, por Ada Aurora Sánchez”

Quién mejor que Ada Aurora,otra poeta de horizontes sin fín,para bordar fino acerca de los versos de Rogelio Guedea.
Desde jovencito preparatoriano los poemas del autor colimense fluían entre lo íntimo y lo social,atisbando al de entonces como el bardo maduro que es.¡Felicidades Poetas!

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