Solicitando un permiso para caminar por la calle por Amando Alanis Pulido

I MATICES SUGERIDORES

Me gusta involucrarme en los asuntos que les atañen a los poetas y para hacerlo de la manera más educada posible los leo, pero también me gusta leer cuando les hacen alguna entrevista y ver sus opiniones y definiciones sobre la poesía, sus poéticas pues, me sorprende que muchas respuestas no sean poéticas en ese sentido y que contesten cosas tan simples como un “no tengo idea” o un “no sé”, respuestas que nunca dejan de ser interesantes por enigmáticas y por sencillas (en ese sentido recordemos el discurso de
aceptación del Nóbel que pronunció la poeta polaca Willawa Symborska); leyendo Kora de Rogelio Guedea al que le fue concedido el premio ADONAIS 2008 en España, creo que la definición de poesía sería algo parecido a si tuviéramos que preguntarnos (y contestarnos por supuesto) que es lo que más hemos extrañado, o si tuviéramos que escribir una carta de despedida mucho tiempo antes de nuestra partida, porque las ideas sencillas y siempre inspiradoras son la condición imprescindible a lo largo de este libro y recorren y crean los paisajes como evidencias del tiempo (remoto o futuro) en una especie de canciones (mexicanas por supuesto) que pueden ser sones o huapanguitos y que nos susurran una consigna de manera tan luminosa que no tenemos más remedio que tararear felices nuestra existencia.

Poema que nace en la claridad de sus palabras, aunque en su paso por la vida deje sombras. Palabras que nacen en la sombra de la vida, aunque en su paso por la vida dejen luz. (COTA I, página 26)

II EL DICTADO DE LAS COSAS

Persistir a sabiendas de que aunque uno se mude de casa, uno nunca sale de uno mismo y no es que uno se conforme con uno, es más bien que a uno le van dictando cosas, desde adentro, desde el jardín o la cárcel que cargamos a cuestas como un caracol, desde las fronteras invisibles que son conversaciones o árboles o espejos, desde las imágenes que se nos presentan al azar para ser cazadas, desde los letreros, desde el vecino al que ya perdonamos porque seguimos las leyes del buen vecino, desde una mujer hermosísima que
en la mañana le unta mantequilla a nuestro pan; persistir como el autor, que rodeado de todo esto sabe que a toda soledad la merodea una perfección que crece hacia la dirección más correcta, plena y que es el dulce augurio de que toda desolación se tornará brisa que salpicará a una nueva comprensión de lo que se dice y de lo que se anuncia, de lo que se es después de decir y anunciar, porque los poemas de Rogelio Guedea son un paisaje abierto donde es abolido el tiempo y lo que transcurre son unas ventanas por las que uno entra pisado de infinito.

De pronto, la imagen de la piedra es mi imagen y, de pronto, mi imagen es la imagen del pájaro. Pero si la imagen de la piedra no es la imagen del pájaro, ¿seré tan sólo yo su transparencia? (A orillas del Leith II, página 43)

III UBICUIDAD

La última vez que vi a Rogelio fue en el aeropuerto de Monterrey hace algunos años, desayunamos y charlamos largo y tendido sobre poesía, sé que ahora vive muy muy lejos y contrario a esto (porque la lejanía inmola lo inminente) es cuando más encuentros he tenido con el: en una tarjeta postal, en su columna dominical del periódico La Jornada, en un árbol de variada luz, o en la sección de poesía de la librería la central en Barcelona donde me encuentro con KORA este libro que es su pasaporte, su visa, su residencia, su premiso -solicitado- para caminar por la calle pero también sé, porque me permití leerlo, que se ha acercado como nunca a una poesía melancólica y sincera que lo hace estar a un paso o a dos calles de aquí, que lo hace estar aquí y allá, que lo hace asumir el difícil papel de extranjero (no de turista) y que sobre todo lo hace estar donde es necesario.

Altamar. Suplemento Cultural de Ecos de la Costa, 10-05-09

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