El ámbito creativo es muy resbaladizo: Rogelio Guedea, por Ivonne Barajas

“El ámbito creativo es muy resbaladizo”. Con esta frase Rogelio Guedea dejó asentado que en la creación literaria no hay fórmulas infalibles: todo es una inexplicable mezcla de inspiración, horas nalga y trabajo intelectual.
El escritor colimense aceptó que es un coqueto irremediable: “Incluso en mis textos periodísticos hago guiños al arte, le coqueteo”, señaló en entrevista para MILENIO COLIMA. Aunque lleva más de cinco años viviendo en Nueva Zelanda, ni parece que se haya ido de esta entidad: su presencia es mayúscula tanto en las librerías como en los medios de comunicación.
El autor de Borrador, Oficio: Leer, Conducir un tráiler y 41 –esta última nutrida por diferentes vivencias que el autor tuvo en Tokio, Japón—aceptó que su lector imaginario es Colima, por eso calificó como “fantástica” la charla que sostuvo ayer con los estudiantes de la Univa: “Tener un público cautivo leyendo la novela con el que cada año puedo venir a dialogar me parece fantástico”.
También habló de sus planes en puerta (en pluma, aplicaría mucho mejor): escribe la novela Table dance y está a punto de publicar Reloj de pulso, una crónica de la poesía mexicana del siglo XIX y XX, además coordina la Historia crítica de la poesía mexicana, un proyecto que reúne a más de 40 colaboradores y es vigilado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Fondo de Cultura Económica (FCE).
Rogelio vino a México por varias razones: hacer investigación, participar en la Feria Internacional del Libro (FIL) y presentar su novela 41 en el Centro Cultural Adolfo Mexiac. La presentación, con comentarios de Antonio Ortuño y Adalberto Carvajal, se celebrará el próximo 29 de enero a las 20:00 horas.
¿Tu literatura está empapada de ti?
Completamente. Mi realidad es mi literatura, Colima se ha convertido en el ámbito de mi imaginación, esa inspiración la elevo al ámbito de lo ficcional.
Una pregunta cursi, ¿crees en la inspiración?
La literatura es ver, todo lo que veo para mí es parte de eso que llamamos inspiración. Yo trabajo mucho los textos en la mente, la construcción de mis imaginarios poéticos, narrativos, ensayísticos, periodísticos se construyen en mi mente.
Es difícil describir el proceso de la creación porque el ámbito creativo es muy resbaladizo: no hay fórmulas pero de pronto llega esa idea, ese concepto, esa sensación o emoción y luego continúa la parte de la disciplina: el rigor de sentarte puntualmente todos los días a leer y a escribir es muy importante; en lo particular trabajo de nueve de la noche a tres de la madrugada, de otra forma no se hacen los libros. Yo no me explico cómo alguien que se la pasa todo el día en eventos culturales, en presentaciones de libros, en reuniones bohemias o hablando de sus proyectos –y sin este rigor de trabajo—puede escribir un libro, yo estoy seguro de que ésos no escriben nada.
¿Eres desordenado con tus lecturas?
Siempre lo soy, pero tengo un desorden ordenado, siempre estoy leyendo literatura, ensayo y narrativa; es decir cosas del ámbito de las ideas, la ficción y la pulsación poética; acompaño mis lecturas con proyectos de poesía, micro relatos e incluso ensayos.
¿En la literatura, según tu apreciación, hay géneros menores?
Para mí el género mayor es la poesía; ése es mi territorio más importante. Una novela cuenta acontecimientos pero la poesía es la creación misma de todo, sin embargo cuando la novela adquiere un nivel poético ya entra en otro terreno. Yo aunque escribo mucha poesía también juego con micro relatos, artículos periodísticos, novelas, incluso con el ensayo.
Para Cristina Pacheco el periodismo es la gran fuente de la literatura, ¿qué opinas al respecto?
En el caso mío ningún género es extraño, podría decirse que soy polígrafo grafómano porque me muevo en todos los géneros: ninguno tiene por qué negar al otro. Yo me entrego a la escritura en general, no vista con esta frontera.
Los buenos reportajes están muy cerca a veces del cuento o la novela, siempre tienden a la parte artística e incluso pueden lograr una dimensión atemporal, se ponen en el nivel de lo eterno, algo que el tiempo no puede caducar ni manchar; lo más importante ahí es el ámbito del lenguaje.
¿Cuál es la función social de tu literatura?
Yo me considero un escritor comprometido, no hago de la literatura un panfleto pero sí creo que debe estar cercana a la realidad. En Conducir un tráiler me comprometí a hacer crítica social y en esta novela –41—abordo, sin perder la dimensión estética, los ámbitos de corrupción, de pedofilia, la canallada del sistema político mexicano; la historia es de un multihomicida y planteo la formación de esta mentalidad criminal, que tiene que ver con la represión sexual en la que está sumergido el personaje. Considero que en mi literatura sí hay un compromiso que yo siempre asumo. No me interesa que todos estén de acuerdo conmigo, lo que me interesa es tomar una posición. No me interesa quedar bien con todos. A mí me parece más conveniente disentir que consentir.
Me hiciste recordar una reflexión de Mario Vargas Llosa, en Conversación en la Catedral: que la única persona que puede ser feliz es aquella que cree en lo que dice y gusta de lo que hace.
Eso lo debe uno de tomar al pie de la letra. Lo ha dicho Platón, Séneca, los grandes filósofos, tienes que serte fiel a ti mismo y a tus propias ideas y convicciones, porque esa verdad te hará libre; si no, se puede correr el riesgo de ser un títere. Cada vez que escribes algo debes estar dispuesto a escuchar críticas: habrá mucha gente que disienta, eso es cierto, pero también habrá gente que coincida con tu opinión, y eso es verdaderamente bello.
Vives en Nueva Zelanda desde hace cinco años, ¿sientes todavía nostalgia por Colima?
Sigo sintiendo esa nostalgia. En el extranjero así es, ya no puedes estar feliz ni allá ni aquí.
Vas a Nueva Zelanda para extrañar Colima y vienes a Colima para extrañar Nueva Zelanda…
Exacto, así es la nostalgia de desgraciada y canalla. Cuando estoy aquí extraño muchas cosas de allá, ansío regresar; pero también me pasa al revés: me voy a Nueva Zelanda y extraño estar acá; fíjate en qué chingadera se convierte uno, de veras. No puedes vivir sin uno ni el otro, y al final del día el único que paga las consecuencias soy yo.
Presumes que en los últimos años has ganado libertad, ¿a qué te refieres?
Otros países construyen y nosotros destruimos el futuro y ya no podemos equivocarnos más, estamos fallando mucho, estamos destruyendo la posibilidad del bienestar. Creo que alcancé un cierto nivel de libertad de expresión y ahora quiero decir las cosas y ofrecer algunas soluciones. Quizá mis columnas periodísticas puedan resultar fuertes porque estamos acostumbrados a una retórica latinoamericana, y mi escritura es como un balazo en el concierto, quizá lastime, duela, incomode, y eso genera muchas enemistades. A veces la gente me lee con prejuicios, pero quisiera un poco más de comprensión.
Tenemos que abrir la posibilidad de la esperanza porque el país se está cayendo a pedazos: no tenemos industria, ni campo, no tenemos nada… más que corrupción. Cuando se acaben las reservas de petróleo va a aullar la sociedad mexicana, y si ahora se ve mucha violencia, no te quiero contar lo que puede pasar después.
Finalmente, háblanos de tu experiencia de la charla con estudiantes de la Univa.
Mi lector imaginario es Colima, y tener un público cautivo leyendo la novela, con el que cada año puedo venir a dialogar, es fantástico. Este diálogo con mi ciudad me mantiene muy cerca de las cosas que están pasando, y en algún momento hasta parece que ni me he ido aunque esté en las antípodas; ésa también es la idea.
A viva voz
“Mi escritura es como un balazo en el concierto, quizá lastime, duela, incomode…”
“No hago de la literatura un panfleto pero sí creo que debe estar cercana a la realidad…”

Periódico Milenio

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