Un profesor mexicano en la Universidad de Otago por Rafael G. Vargas Pasaye

Fecha: 24 de Enero de 2008
Autor: Rafael G. Vargas Pasaye

Vive diecisiete horas adelante que en su país de origen. Se fue por necesidad o por aventura. O por ambas razones. Pero es ahora profesor de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda.

Rogelio Guedea, de 33 años, originario de Colima, es un enamorado desde siempre de la literatura, a tal grado que en la adolescencia llevó a cabo lo que todos hicimos en cierto momento: expropiar en secreto —y por necesidad— los “bienes” de algunas librerías. Licenciado en Derecho por la Universidad de Colima y doctor en Letras Hispánicas por la Universidad de Córdoba, España, gracias a una beca “en realidad muy ajustada, pero que me alcanzaba para sacar mis estudios”, Rogelio Guedea es inquieto por naturaleza.

En el viejo continente se concentró en sus estudios de doctorado y para ayudarse tuvo empleos como cuidar enfermos, sacar a pasear perros, ser canguro de niños, pintar hoteles o repartir volantes. Regresó a su natal Colima a finales de 2003 y trabajó durante un año en su alma mater como director del Centro de Estudios Literarios. Sin embargo, no podía vivir en su estado natal, en realidad, tenía ganas de irse, y como el idioma que domina además del español es el inglés, buscó una institución anglosajona que ofreciera una plaza para algún catedrático de literatura hispánica. Y la encontró en Nueva Zelanda.

Todo el trámite y la comunicación fueron por internet. Allí, en la red de redes (medio por el cual también se dio esta entrevista) encontró la Universidad de Otago, la más prestigiosa de Nueva Zelanda, con una población de 30 mil estudiantes, ubicada en Dunedin, al sur de la isla sur, ciudad de 140 mil habitantes aproximadamente, de tal forma que es una ciudad universitaria.

Con historia, lo cual demuestra sus 150 años de fundada, la más antigua de ese país, donde la moneda es el dólar neozelandés, que al tipo de cambio reciente es de ocho o nueve pesos por cada dólar.

Los paisajes son uno de los atractivos principales del lugar, “de mi casa se ve el mar”, comenta entusiasmado el profesor universitario, quien recuerda cómo “la Universidad de Otago no sólo pagó toda la mudanza (más de 6 mil libros me llevé), sino además los boletos de avión mío, de mi mujer y mi hijo”, sumado a la facilidad de una casa para llegar, mientras encontraba la propia para vivir, más todos los gastos de residencia.

Estudiantes distintos, éticas diferentes
En la Universidad de Otago no hay más profesores mexicanos, sí pocos estudiantes que van de intercambio, pero sus estancias son temporales. De hecho, no existe una comunidad mexicana o ni siquiera una latina, “eso apenas está en formación”.

Con su experiencia como profesor en ambos lados del mundo, cree que las diferencias más notorias entre los estudiantes mexicanos y los neozelandeses es que los angloparlantes, “pese a tener algunos problemas de vocación, son más responsables, tienen más ética, no timan ni chantajean, no copian en los exámenes aunque los dejes solos, es una cosa curiosa y son muy honestos. Por ejemplo, si les pones una calificación errónea, por decir, 9.5, y te equivocaste porque tenían en realidad 9.3, van y te lo dicen. Y como profesor extranjero, que ve eso poco, me quedo gratamente sorprendido”.

En el caso del profesorado, la diferencia más clara recae en la organización de las clases, a decir del también escritor. “En la Universidad de Otago no dejan cabida a la improvisación, y el enfoque educativo, centrado primordialmente en el estudiante más que en otro tipo de situaciones, el contacto con los estudiantes, la efectiva transmisión del conocimiento es básica en esta universidad pública”.

Para los académicos que desean emprender la aventura fuera de su lugar de origen, como lo hizo este egresado de la Autónoma de Colima, les recomienda “profundizar y reflexionar, conocer el sistema académico al que llegan, buscar la forma en cómo algunas de las particularidades que ven en tal sistema académico pueden adaptarse al mexicano”.

REFLEXIONANDO SOBRE LA CIVILIDAD
Para Rogelio Guedea “la educación, como el propio mundo, está cada día más en la tesitura de lo global, y creo que en eso la educación mexicana debe empezar, como ya lo hacen algunas universidades, a ponerse al día, con cursos a distancia u online”.

La crítica no puede faltar. A su parecer, “la educación mexicana carece de un sustento relacionado con cuestiones de legalidad, de reglamentación, de protección de lo académico. Las universidades se politizan tanto que luego descuidan lo esencial que es precisamente la generación del conocimiento y, por otro lado, los gobiernos no invierten en educación, y por eso mismo, lo que más les falta a las universidades es dinero; la cuerda se rompe siempre por lo más delgado y en este caso es la educación, siendo ésta un pilar para el desarrollo de cualquier país”.

El análisis continúa: “Educación y desarrollo son dos términos inseparables. Los países con gran desarrollo tecnológico, científico, incluso en calidad de vida son países que invierten en educación: Finlandia es uno de ellos; Nueva Zelanda es otro, y este último ocupa el tercer lugar en transparencia en el mundo, es un país que destina muchos millones de dólares a la educación y eso se refleja en otro punto importante del que carecemos en México: el nivel de conciencia de la sociedad, es decir, en la civilidad. La educación es la base de la civilidad, de la no corrupción, de la transparencia. México es un país de simulacros; simula siempre y eso ha deteriorado nuestro Estado de derecho y nuestras instituciones que no se han podido realmente modernizar”.

Esta reflexión va unida al acto de sinceridad y de nostalgia, “quiero mucho a mi país, y la marca cultural, en mi caso, no se quita, la lleva uno de por vida, pero sí me gustaría poder hablar de todo esto en las universidades de México, aun cuando en mi interior sepa que hay batallas que están perdidas de antemano, pero no me importa porque no hablaría para los que están, sino para los que vienen, para los estudiantes, para los futuros profesionistas, para quienes en un futuro tendrán la disposición educativa, la dirección de las instituciones políticas y de todo tipo, porque aunque parezca que uno sabe, entiende, luego resulta que no, que uno no sabe, no entiende y no conoce. Creo que compartir estas experiencias es valioso”.

Campus Milenio, suplemento universitario

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